no puedo evitar desear que alguien tuviera un distrito electoral de bolsillo que regalarle, Ladislaw. Nunca saldría elegido, ya sabe. Y siempre necesitaremos talento en la Cámara: por mucho que nos reformemos, siempre necesitaremos talento. Aquella avalancha y el trueno, ahora, se parecieron realmente un poco a Burke. Yo quiero ese tipo de cosas —no ideas, ya sabe, sino una manera de decirlas».
—Los «pocket-boroughs» serían una gran cosa —dijo Ladislaw—, si siempre estuvieran en el bolsillo adecuado y hubiera siempre un Burke a mano.
A Will no le desagradó aquella comparación halagüeña, ni siquiera viniendo del señor Brooke; pues cuesta un poco demasiado a la carne humana ser consciente de expresarse mejor que los demás y que nadie se lo note, y ante la escasez general de admiración por lo correcto, hasta un rebuzno ocasional de aplauso que cae justo a tiempo resulta bastante reconfortante. Will sentía que sus refinamientos literarios solían estar más allá de los límites de la percepción de Middlemarch; sin embargo, estaba empezando a gustarle de veras el trabajo del cual, al empezar, se había dicho a sí mismo con cierta desgana: «¿Por qué no?»; y estudiaba la situación política con un interés tan ardiente como el que jamás hubiera dedicado a los metros poéticos o al medievalismo. Es innegable que, de no ser por el deseo de estar donde estaba Dorothea, y tal vez por la falta de saber qué más hacer, Will no habría estado meditando por entonces en las necesidades del pueblo inglés ni criticando la política de Estado inglesa: probablemente habría estado vagando por Italia esbozando argumentos para varios dramas, probando con la prosa y hallándola demasiado insulsa, probando con el verso y hallándolo demasiado artificial, empezando a copiar «fragmentos» de viejos cuadros, dejándolo porque «no servían para nada» y observando