imprevistos le habían impedido pagar desde entonces, le habían enviado repetidamente cartas desagradables que se le habían impuesto a la atención. Esto difícilmente podría haber resultado más mortificante para ningún carácter que para el de Lydgate, con su intenso orgullo: su aversión a pedir un favor o a estar en deuda con alguien. Había desdeñado incluso hacer conjeturas sobre las intenciones del señor Vincy en asuntos de dinero, y nada salvo el extremo le habría llevado a recurrir a su suegro, aun si no le hubieran hecho saber de varias maneras indirectas desde su matrimonio que los asuntos del propio señor Vincy no florecían, y que la expectativa de recibir ayuda suya sería mal vista. Algunos hombres confían fácilmente en la buena disposición de los amigos; en la primera etapa de su vida, a Lydgate jamás se le había pasado por la cabeza que tuviera que hacerlo: nunca había pensado en lo que significaría para él pedir prestado; pero ahora que la idea se le había metido en la cabeza, sentía que prefería pasar por cualquier otra penuria. Mientras tanto, no tenía dinero ni perspectivas de tenerlo, y su clientela no se volvía más lucrativa.
No es de extrañar que Lydgate hubiera sido incapaz de reprimir todos los signos de inquietud interior durante los últimos meses, y ahora que Rosamond recuperaba una salud brillante, meditaba en hacerla partícipe por completo de sus dificultades en busca de confianza. Su reciente familiaridad con las facturas de los comerciantes había obligado a su razonamiento a tomar un nuevo cauce de comparación: había empezado a considerar desde un punto de vista inédito qué era necesario y qué innecesario en los pedidos de mercancías, y a comprender que debía haber cierto cambio de hábitos.