No tenía sonetos que escribir, y no podía parecerle grato no ser objeto de preferencia para la mujer a quien él había preferido.
Ya el saber que Dorothea había elegido al Sr. Casaubon había lastimado su afecto y aflojado su asidero.
Aunque Sir James era un deportista, tenía hacia las mujeres otros sentimientos distintos de los que abrigaba hacia los urogallos y los zorros, y no consideraba a su futura esposa a la luz de una presa, valiosa principalmente por las emociones de la caza.
Tampoco estaba tan familiarizado con las costumbres de las razas primitivas como para sentir que un combate ideal por ella, hacha en mano por decirlo así, era necesario para la continuidad histórica del vínculo matrimonial.
Por el contrario, teniendo esa vanidad amable que nos une a quienes nos quieren y nos indispone hacia quienes nos son indiferentes, además de una naturaleza buena y agradecida, la mera idea de que una mujer le tuviera afecto tejía pequeños hilos de ternura desde lo hondo de su corazón hacia el de ella.
Así sucedió que, después de que sir James hubo cabalgado bastante deprisa durante media hora en dirección contraria a Tipton Grange, aminoró el paso y al fin se metió por un camino que lo llevaría de vuelta mediante un atajo. Diversos sentimientos lo impulsaban a tomar la determinación de ir al fin a la Grange hoy mismo, como si nada nuevo hubiera sucedido. No podía evitar alegrarse de no haber hecho la proposición para ser rechazado; la mera cortesía amistosa exigía que fuera a ver a Dorothea a propósito de las casas de campo, y ahora, por fortuna, la señora Cadwallader lo había preparado para ofrecer sus felicitaciones, de ser necesario, sin mostrar demasiada torpeza.