las pequeñas hostilidades por el recuerdo de los grandes obreros que tuvieron que abrirse paso no sin heridas, y que revolotean en su mente como santos patronos, ayudando invisiblemente. En su casa, esa misma noche, cuando había estado charlando con el señor Farebrother, tenía las largas piernas estiradas en el sofá, la cabeza hacia atrás y las manos entrelazadas en la nuca según su postura ruminativa favorita, mientras Rosamond se sentaba al piano y tocaba una melodía tras otra, de las cuales su esposo solo sabía (¡como el elefante emocional que era!) que encajaban con su estado de ánimo como si hubieran sido brisas marinas melodiosas.
Había algo muy noble en la expresión de Lydgate en aquel momento, y cualquiera se habría sentido animado a apostar por sus logros. En sus ojos oscuros, en su boca y en su frente se advertía esa placidez que surge de la plenitud del pensamiento contemplativo: la mente que no busca, sino que contempla, y la mirada que parece rebosar de aquello que la inspira.