La mayoría de los que vieron a Fred salir cabalgando de Middlemarch en compañía de Bambridge y Horrock, en camino por supuesto hacia la feria de caballos de Houndsley, pensaron que el joven Vincy iba en busca de diversión como de costumbre; y de no ser por una inusual conciencia de tener asuntos graves entre manos, él mismo habría tenido una sensación de disipación y de estar haciendo lo que cabía esperar de un joven alegre.
Considerando que Fred no era en absoluto grosero, que más bien despreciaba los modales y el habla de los jóvenes que no habían ido a la universidad, y que había escrito estancias tan pastoriles y poco voluptuosas como su interpretación de la flauta, su atracción hacia Bambridge y Horrock era un hecho interesante que ni siquiera el amor por los caballos explicaría por completo sin esa misteriosa influencia de la Denominación que determina gran parte de la elección mortal.
Bajo cualquier otro nombre que no fuera el de «placer», la compañía de los señores Bambridge y Horrock habría tenido que considerarse sin duda monótona; y llegar con ellos a Houndsley en una tarde lloviznosa, apearse en el Red Lion, en una calle oscurecida por el polvo de carbón, y cenar en una habitación amueblada con un mapa del condado esmaltado de mugre, un mal retrato de un caballo anónimo en una caballeriza, Su Majestad Jorge IV con sus piernas y su corbata, y varias escupideras de plomo, habría podido parecer un asunto difícil, de no ser por el poder sustentador de la nomenclatura que determinaba que la persecución de estas cosas era «alegre».
En el señor Horrock había sin duda una insondabilidad aparente que daba juego a la imaginación. Su atuendo, a primera vista, lo vinculaba de forma emocionante con los caballos (baste mencionar el ala del sombrero, que adoptaba el más leve ángulo ascendente justo para escapar de la sospecha de inclinarse hacia abajo), y la naturaleza le había dado un rostro que, a fuerza de unos ojos mongólicos y de una nariz, boca y