—Sí, en efecto, me lo imagino —dijo la señora Taft, sin apartar ni un momento el número de treinta puntos de su mente;— hay tantos de esa calaña. Recuerdo al señor Cheshire, con sus aparatos ortopédicos, intentando enderezar a la gente cuando el Todopoderoso la había hecho torcida.
—No, no —dijo el señor Toller—, Cheshire era bueno; todo limpio y legal. Pero ahí está St. John Long; ese es el tipo de sujeto al que llamamos charlatán, que publicita curas por métodos de los que nadie sabe nada: un tipo que quiere hacer ruido pretendiendo ir más hondo que los demás. El otro día fingía palparle el cerebro a un hombre para sacarle azogue.
“¡Santo cielo! ¡Qué juego tan terrible con la salud de la gente!”, dijo la señora Taft.
Después de esto, llegó a sostenerse en varios sectores que Lydgate jugaba incluso con las constituciones respetables para sus propios fines, y cuánto más probable era que en sus experimentaciones alocadas hiciera un desastre con los pacientes del hospital.
Especialmente era de esperar, como había dicho la dueña de la posada The Tankard, que descuartizara imprudentemente sus cadáveres. Pues Lydgate, habiendo atendido a la señora Goby, que murió aparentemente de una enfermedad cardíaca no muy claramente expresada en los síntomas, pidió con demasiada audacia permiso a sus parientes para abrir el cuerpo, y dio así una ofensa que se extendió rápidamente más allá de Parley Street, donde dicha señora había residido durante mucho tiempo con unos ingresos tales que hacían de esta asociación de su cuerpo con las víctimas de Burke y Hare un flagrante insulto a su memoria.
Las cosas se encontraban en este punto cuando Lydgate le sacó a Dorothea el tema del Hospital. Vemos que soportaba la enemistad y los malentendidos absurdos con gran entereza, consciente de que se debían en parte a su considerable cuota de éxito.