que la demostración de una concepción anatómica. Una de estas reformas consistía en actuar con firmeza sobre la base de una reciente decisión legal, y limitarse a recetar, sin dispensar medicamentos ni aceptar comisiones de los farmacéuticos. Esto era una innovación para alguien que había elegido adoptar el estilo de médico general en una ciudad de provincias, y sería percibido como una crítica ofensiva por sus colegas de profesión. Pero Lydgate tenía la intención de innovar también en su tratamiento, y era lo suficientemente sensato como para ver que la mejor garantía para ejercer honradamente según sus convicciones era librarse de las tentaciones sistemáticas de hacer lo contrario.
Quizás aquel fuera un tiempo más alegre para los observadores y los teóricos que el presente; solemos pensar que fue la mejor época del mundo cuando América empezó a ser descubierta, cuando un marinero audaz, aun si naufragaba, podía desembarcar en un nuevo reino; y hacia 1829 los oscuros territorios de la Patología eran una espléndida América para un joven aventurero de espíritu.
Lydgate era ambicioso, sobre todo, por contribuir a ampliar la base científica y racional de su profesión. Cuanto más se interesaba por cuestiones especiales de la enfermedad, como la naturaleza de la fiebre o las fiebres, con mayor agudeza sentía la necesidad de ese conocimiento fundamental de la estructura que justo a principios de siglo había sido iluminado por la breve y gloriosa carrera de Bichat, quien murió a los treinta y uno años recién cumplidos, pero, como otro Alejandro, dejó un reino lo suficientemente vasto para muchos herederos.
Ese gran francés llevó a cabo por primera vez la concepción de que los cuerpos vivos, considerados fundamentalmente, no son asociaciones de órganos que puedan comprenderse estudiándolos primero por separado y luego, por decirlo así, de manera federal; sino que deben considerarse