¿Cómo podría llevarse a cabo tal cambio sin el consentimiento de Rosamond? La ocasión inmediata de revelarle este desagradable hecho se le impuso por la fuerza.
Al no tener dinero, y tras haber pedido consejo en privado sobre qué garantía podía ofrecer un hombre en su situación, Lydgate había ofrecido la única buena garantía a su alcance al acreedor menos imperativo —que era platero y joyero, y que consintió en asumir también el crédito del tapicero, aceptando intereses por un plazo determinado—.
La garantía necesaria era una escritura de venta sobre los muebles de su casa, la cual podía tranquilizar a un acreedor durante un tiempo razonable respecto a una deuda que ascendía a menos de cuatrocientas libras; y el platero, el señor Dover, estaba dispuesto a reducirla aceptando de vuelta una parte de la vajilla de plata y cualquier otro artículo que estuviera como nuevo.
«Cualquier otro artículo» era una frase que aludía delicadamente a las joyas, y más en particular a unas amatistas moradas de treinta libras que Lydgate había comprado como regalo de bodas.
Las opiniones pueden estar divididas en cuanto a su prudencia al hacer este regalo: algunos pueden pensar que era una atención elegante de esperar en un hombre como Lydgate, y que la culpa de cualquier consecuencia molesta residía en la estrechez mezquina de la vida provinciana de entonces, que no ofrecía comodidades para los profesionales cuya fortuna no era proporcional a sus gustos; asimismo, en el ridículo tiquismiquis de Lydgate para pedir dinero a sus amigos.
Sin embargo, aquello le había parecido una cuestión sin importancia en aquella hermosa mañana en que fue a dar un encargo definitivo de vajilla: en presencia de otras joyas enormemente caras, y como un añadido a unos pedidos cuyo importe total no se había calculado con exactitud, treinta libras por unos adornos tan exquisitamente adecuados para el