“No, no; pero es una gran cosa llegarle a uno cuando ya ha comprendido la naturaleza de los negocios: tener la oportunidad de poner un rincón del campo en buenas condiciones, como suelen decir, y encauzar a los hombres en sus faenas agrícolas, y lograr que se haga una buena planificación y una construcción sólida, de las que tanto los vivos como los que vengan después habrán de beneficiarse. Lo preferiría a una fortuna. Lo considero el trabajo más honorable que existe”.
Aquí Caleb dejó sus cartas, metió los dedos entre los botones de su chaleco y se sentó erguido, pero enseguida continuó con cierto temor reverente en la voz y moviendo lentamente la cabeza a un lado: —Es un gran don de Dios, Susan.
—Así es, Caleb —dijo su esposa, con fervor correspondiente—. Y será una bendición para vuestros hijos haber tenido un padre que hizo semejante obra: un padre cuyo buen trabajo permanece aunque su nombre sea olvidado.
No pudo decirle nada más en ese momento sobre la paga.
Por la tarde, cuando Caleb, bastante cansado por la faena del día, estaba sentado en silencio con la cartera de bolsillo abierta sobre las rodillas, mientras la señora Garth y Mary cosían y Letty cuchicheaba en un rincón un diálogo con su muñeca, el señor Farebrother subió por el sendero del huerto, cortando las luminosas luces y sombras de agosto con la hierba en matas y las ramas de los manzanos. Sabemos que tenía debilidad por sus feligreses, los Garth, y que le había parecido que Mary merecía ser mencionada ante Lydgate. Ejercía a plenitud el privilegio eclesiástico de pasar por alto la distinción de clases de Middlemarch, y siempre le decía a su madre que la señora Garth era más dama que cualquier matrona del pueblo. Aún así, como ven, pasaba las noches en casa de los Vincy, donde la matrona, aunque menos dama, presidía un salón bien iluminado y el whist. En aquellos días la convivencia humana no se regía únicamente por el respeto.