Sir James no hizo ningún comentario. En su fuero interno, había algo repulsivo en las segundas nupcias de una mujer, y ningún enlace le impediría sentir que para Dorothea era una especie de profanación. Era consciente de que el mundo consideraría semejante sentimiento absurdo, sobre todo tratándose de una mujer de veintiún años; pues la costumbre «del mundo» es dar por sentado que el segundo matrimonio de una joven viuda es seguro y probablemente cercano, y sonreír con segundas intenciones si la viuda obra en consecuencia. Pero si Dorothea decidía desposar su soledad, él sentía que tal resolución le sentaría maravillosamente.
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