Pero su repertorio de conversación era limitado y, al igual que la pegadiza tonada antigua «Gotas de aguardiente», le daba a uno al cabo de un rato la sensación de dar vueltas sobre sí misma de un modo que podía marear a las cabezas débiles.
Sin embargo, se notaba que una ligera infusión de Mr. Bambridge aportaba tono y carácter a varios círculos de Middlemarch, y era una figura distinguida en el bar y la sala de billar del Green Dragon.
Conocía algunas anécdotas sobre los héroes de los hipódromos, y varios ingeniosos trucos de Marqueses y Vizcondes que parecían demostrar que la sangre imponía su preeminencia incluso entre los tahúres; pero la minuciosa tenacidad de su memoria se manifestaba sobre todo en lo referente a los caballos que él mismo había comprado y vendido; el número de millas que eran capaces de trotar para usted en un abrir y cerrar de ojos sin sudar una gota seguía siendo, tras el transcurso de los años, un asunto de apasionada aseveración, en el cual solía auxiliar la imaginación de sus oyentes jurando solemnemente que jamás habían visto nada igual.
En suma, el señor Bambridge era un hombre mundano y un alegre compañero.
Fred era sutil, y no les dijo a sus amigos que iba a Houndsley empeñado en vender su caballo: deseaba conocer indirectamente su opinión sincera sobre su valor, sin ser consciente de que una opinión sincera era lo último que cabía esperar de tan eminentes críticos.
No era debilidad del señor Bambridge ser un adulador gratuito. Nunca antes le había llamado tanto la atención el hecho de que aquel desafortunado tordo oscuro fuera un roncador hasta tal punto que se requería la palabra más rotunda para la perdición para hacerse una idea de ello.