Compadeced al que carga con su peso; este errante dolor puede visitarnos a ti y a mí.
Cuando Lydgate hubo calmado la ansiedad de la señora Bulstrode al decirle que a su marido le había dado un ataque de desmayo en la reunión, pero que confiaba en verlo mejor pronto y volvería a llamar al día siguiente antes de que ella lo mandara buscar, se fue directamente a casa, montó a caballo y se alejó tres millas de la ciudad con el único propósito de estar fuera del alcance de todos.
Se sintió volverse violento e irracional, como si se airara bajo el dolor de las picaduras: estaba listo para maldecir el día en que había llegado a Middlemarch. Todo lo que le había sucedido allí parecía una mera preparación para esta odiosa fatalidad, que había llegado como una plaga sobre su honorable ambición y debía hacer que incluso las personas con criterios vulgares consideraran su reputación irremediablemente dañada. En tales momentos un hombre difícilmente puede evitar ser falto de afecto. Lydgate pensaba en sí mismo como la víctima y en los demás como los agentes que habían perjudicado su destino. Había querido que todo saliera de otra manera; y otros se habían metido en su vida y frustrado sus propósitos. Su matrimonio parecía una calamidad absoluta; y temía ir a Rosamond antes de desahogar esta furia solitaria, no fuera a ser que la mera vista de ella lo exasperara y lo hiciera comportarse de manera injustificable. Hay episodios en la vida de la mayoría de los hombres en los que sus más altas cualidades solo pueden proyectar una sombra disuasoria sobre los objetos que llenan su visión interior: la compasión de Lydgate estaba presente en ese momento únicamente como el temor de ofenderla, no como una emoción que lo inclinara a la ternura. Pues era muy desdichado. Solo aquellos que conocen la supremacía de la vida intelectual —la vida que lleva en su interior una semilla de pensamiento y propósito ennoblecedores— pueden comprender el dolor de quien cae de esa actividad serena en la lucha absorbente y consumidora de almas contra las molestias mundanas.
¿Cómo iba a seguir viviendo sin reivindicarse ante unas personas que sospechaban de su bajeza?
¿Cómo podía marcharse en silencio de Middlemarch como si estuviera huyendo ante una justa condena?
Y, sin embargo, ¿cómo iba a ponerse a reivindicarse?
Porque aquella escena en la reunión, de la que acababa de ser testigo, aunque no le había revelado detalles, había sido suficiente para dejarle su propia situación enteramente clara. Bulstrode había temido revelaciones escandalosas por parte de Raffles. Lydgate podía ahora construir todas las probabilidades del caso.
«Temía alguna deligación en mi presencia: todo lo que quería era ligarme a él mediante una fuerte obligación; por eso pasó de repente de la dureza a la liberalidad. Y puede que haya interferido con el paciente—puede que haya desobedecido mis órdenes. Me temo que lo hizo. Pero, lo haya hecho o no, el mundo cree que de un modo u otro envenenó al hombre y que yo guiñé un ojo ante el crimen, si es que no ayudé en él. Y, sin embargo—y sin embargo, puede que no sea culpable de la última ofensa; y es apenas posible que el cambio hacia mí haya sido un arrepentimiento genuino—el efecto de segundas intenciones tal como alegó. Lo que llamamos "apenas posible" a veces es verdad y lo que nos resulta más fácil de creer es groseramente falso. En sus últimos tratos con este hombre, Bulstrode puede haber mantenido sus manos limpias, a pesar de mi sospecha de lo contrario».
Había una crueldad entumecedora en su situación. Aun si renunciara a cualquier otra consideración que no fuera la de justificarse —si respondiera a los encogimientos de hombros, las miradas frías y las evasivas como a una acusación, y hiciera una declaración pública de todos los hechos tal como los conocía—, ¿quién se convencería?
Sería jugar el papel de un necio ofrecer su propio testimonio en su favor y decir: «No tomé el dinero como un soborno». Las circunstancias siempre serían más fuertes que su aseveración.
Y, además, presentarse y contarlo todo sobre sí mismo tendría que incluir declaraciones acerca de Bulstrode que ensombrecerían las sospechas de los demás en su contra. Tendría que decir que no había sabido de la existencia de Raffles cuando le mencionó por primera vez su necesidad urgente de dinero a Bulstrode, y que tomó el dinero inocentemente como resultado de esa comunicación, sin saber que un nuevo motivo para el préstamo podría haber surgido al ser llamado junto a este hombre. Y, después de todo, la sospecha sobre los motivos de Bulstrode podría ser injusta.
Pero entonces surgió la cuestión de si habría actuado exactamente de la misma manera de no haber aceptado el dinero.
Ciertamente, si Raffles hubiera seguido con vida y sujeto a nuevos cuidados al llegar, y Lydgate hubiera imaginado entonces alguna desobediencia a sus órdenes por parte de Bulstrode, habría hecho una investigación estricta, y de haberse verificado su conjetura habría abandonado el caso, a pesar de su reciente y pesada obligación.
Pero si no hubiera recibido dinero alguno—si Bulstrode nunca hubiera revocado su fría recomendación de bancarrota—, ¿se habría abstenido él, Lydgate, de toda averiguación aun al encontrar al hombre muerto?—, ¿habrían tenido exactamente la misma fuerza o significado para él el recelo ante una ofensa a Bulstrode—, la ambigüedad de todo tratamiento médico y el argumento de que el suyo propio pasaría por erróneo ante la mayoría de los miembros de su profesión?
Ese era el rincón incómodo de la conciencia de Lydgate mientras repasaba los hechos y resistía todo reproche. Si hubiera sido independiente, esta cuestión sobre el tratamiento de un paciente y la regla clara de que debía hacer, o ver hecho, aquello que creía mejor para la vida confiada a su cuidado, habría sido el punto en el que se habría mostrado más inflexible. Tal como estaban las cosas, se había consuelado pensando que la desobediencia a sus órdenes, por mucho que hubiera surgido, no podía considerarse un crimen; que, según la opinión imperante, obedecer sus órdenes tenía las mismas probabilidades de ser mortal, y que el asunto era simplemente una cuestión de etiqueta. ¡Si él, una y otra vez, en su época de libertad, había denunciado la perversión de la duda patológica convertida en duda moral y había dicho: «El experimento más puro en un tratamiento aún puede ser consciente: mi deber es cuidar de la vida y hacer por ella lo mejor que se me ocurra. La ciencia es, por derecho propio, más escrupulosa que el dogma. El dogma otorga patente de corso al error, pero el aliento mismo de la ciencia es una lucha contra el error, y debe mantener viva la conciencia»! ¡Ay! La conciencia científica había ido a parar a la degradante compañía de las obligaciones monetarias y las consideraciones egoístas.
—¿Hay algún médico de todos ellos en Middlemarch que se cuestione a sí mismo como lo hago yo? —dijo el pobre Lydgate, con un nuevo brote de rebeldía contra la opresión de su destino—. ¡Y sin embargo, todos se sentirán con derecho a marcar una gran distancia entre ellos y yo, como si fuera un leproso! Mi consulta y mi reputación están totalmente arruinadas; eso ya lo veo. Incluso si pudiera ser exculpado con pruebas irrefutables, eso marcaría poca diferencia para este bendito mundo de aquí. Me han colgado la etiqueta de apestado y me despreciarán de todos modos.
Ya había habido abundantes señales que hasta entonces le habían desconcertado, de que justo cuando iba pagando sus deudas y saliendo alegremente a flote, los habitantes del pueblo le evitaban o le miraban de reojo, y en dos ocasiones supo que algunos de sus pacientes habían llamado a otro médico.
Las razones eran demasiado claras ahora. El ostracismo general había comenzado.
No es de extrañar que en la enérgica naturaleza de Lydgate la sensación de una mala interpretación sin esperanza se convirtiera fácilmente en una terca resistencia. El ceño fruncido que ocasionalmente asomaba en su cuadrada frente no era un accidente sin significado. Ya cuando reentraba en el pueblo tras aquel paseo a caballo realizado en las primeras horas de un dolor punzante, tenía puesta la mente en permanecer en Middlemarch a pesar de lo peor que pudiera hacerse en su contra. No retrocedería ante la calumnia, como si se sometiera a ella. La afrontaría hasta el límite, y ningún acto suyo demostraría que tenía miedo. Formaba parte tanto de la generosidad como de la fuerza desafiante de su naturaleza el haber decidido no rehuir el mostrar plenamente su sentido de gratitud hacia Bulstrode. Era verdad que la asociación con aquel hombre le había sido fatal —verdad que si aún hubiera tenido los mil libras en sus manos con todas sus deudas sin pagar, habría devuelto el dinero a Bulstrode, aceptando la miseria antes que el rescate que había quedado manchado con la sospecha de un soborno (pues, recuérdese, era uno de los hombres más orgullosos sobre la tierra)—; sin embargo, no se apartaría de aquel semejante abatido cuya ayuda había utilizado, ni haría un esfuerzo lastimoso para obtener su propia absolución aullando en contra de otro. «Haré lo que creo correcto, y no le daré explicaciones a nadie. Intentarán echarme por hambre, pero —» continuaba con obstinada determinación, pero se estaba acercando a casa, y el pensamiento de Rosamond volvió a imponerse en ese lugar principal del que había sido desplazado por los angustiosos combates del honor y el orgullo heridos.
¿Cómo se lo tomaría todo Rosamond?
He aquí otro eslabón más que arrastrar, y el pobre Lydgate estaba de mal humor para soportar su mudo dominio. No sentía ningún impulso de contarle el apuro que pronto debía ser común a ambos. Prefería esperar a la revelación fortuita que los acontecimientos no tardarían en provocar.