—No más que en Middlemarch —dijo Rosamond—. Y al menos allí cruzas amplios pasillos y tienes el aroma de pétalos de rosa por todas partes.
—Eso es verdad, Mademoiselle de Montmorenci —dijo Lydgate, inclinando apenas la cabeza hacia la mesa y levantando con su dedo anular el delicado pañuelo de ella que asomaba por la boca de la redecilla, como para disfrutar de su aroma, mientras la miraba con una sonrisa.
Pero esta placentera libertad vacacional con la que Lydgate rondaba a la flor de Middlemarch no podía continuar indefinidamente.
No era más posible encontrar aislamiento social en aquel pueblo que en cualquier otro, y dos personas coqueteando persistentemente no podían de ningún modo escapar de «los diversos enredos, pesos, golpes, choques, movimientos con los que las cosas marchan por su lado».
Hiciera lo que hiciese la señorita Vincy, tenía que ser comentado, y tal vez llamaba aún más la atención de admiradores y críticos porque justamente en ese momento la señora Vincy, tras cierta resistencia, se había ido con Fred a pasar una temporada a Stone Court, al no haber otro modo de contentar al viejo Featherstone y al mismo tiempo vigilar a Mary Garth, quien parecía una nuera tanto menos tolerable cuanto más iba desapareciendo la enfermedad de Fred.
La tía Bulstrode, por ejemplo, iba un poco más a menudo a Lowick Gate a ver a Rosamond, ahora que estaba sola. Pues la señora Bulstrode tenía un verdadero afecto de hermana por su hermano; pensando siempre que él podría haberse casado mejor, pero deseando el bien a los hijos. Ahora bien, la señora Bulstrode tenía una larga y estrecha intimidad con la señora Plymdale. Tenían casi las mismas preferencias en sedas, patrones para ropa interior, vajilla y clérigos; se confiaban sus pequeños achaques de salud y las preocupaciones del hogar, y varios pequeños puntos de superioridad por parte de la señora Bulstrode —a saber, una seriedad más