modo despreciable» (costumbre que el propio Tertius no seguía) y que mostraba una ignorante seguridad en saber lo que era apropiado decir sobre cualquier tema. Lydgate maldijo para sus adentros su propia insensatez por haberse atraído esta visita al consentir en ir a casa de su tío durante el viaje de bodas, y se mostró bastante desagradable con Rosamond al decírselo en privado. Pues para Rosamond esta visita fue una fuente de júbilo sin precedentes pero sobriamente disimulado. Era tan intensamente consciente de tener alojado en casa a un primo que era hijo de baronet, que imaginaba que el conocimiento de lo que implicaba su presencia se extendía por todas las mentes ajenas; y cuando presentaba al capitán Lydgate a sus huéspedes, tenía la plácida sensación de que su rango los impregnaba como si fuera un aroma. La satisfacción bastó por entonces para disipar cierta desilusión respecto a las condiciones de casarse con un médico, aunque fuera de buena alcurnia: ahora parecía que su matrimonio la elevaba de manera visible, además de ideal, por encima del nivel de Middlemarch, y el futuro se mostraba luminoso con cartas y visitas hacia y desde Quallingham, y un vago ascenso como consecuencia para Tertius. Sobre todo porque, probablemente a sugerencia del capitán, su hermana casada, la señora Mengan, había venido con su doncella y se había quedado dos noches de camino desde la capital. De ahí que sin duda valiera la pena que Rosamond se esmerara con su música y la cuidadosa selección de sus encajes.
En cuanto al propio capitán Lydgate, su frente baja, su nariz aguileña torcida hacia un lado y su dicción algo pesada habrían podido resultar desfavorables en cualquier joven que no poseyera el porte militar y el bigote necesarios para conferirle lo que ciertas cabezas rubias y delicadas adoran bajo el nombre de «estilo».