¿Cómo sabrás la nota de esa gran campana Demasiado enorme para que la muevas? Deja tan solo que una flauta Toque bajo el metal de aleación fina: escucha de cerca Hasta que brote el tono exacto, un arroyuelo plateado: Entonces temblará la inmensa campana, entonces la masa Con miríadas de olas concurrentes responderá En baja y suave almonía.
Lydgate esa tarde le habló a la señorita Vincy de la señora Casaubon, y subrayó con cierto énfasis el fuerte sentimiento que esta parecía albergar hacia aquel hombre formal y estudioso, treinta años mayor que ella.
—Por supuesto que está dedicada a su marido —dijo Rosamond, sugiriendo una noción de consecuencia necesaria que el hombre de ciencia consideraba de lo más encantadora para una mujer—; pero al mismo tiempo pensaba que no debía de ser tan triste ser la señora de Lowick Manor con un marido propenso a morir pronto. —¿La encuentras muy hermosa?
—Ciertamente es hermosa, pero no lo he pensado —dijo Lydgate.
—Supongo que sería poco profesional —dijo Rosamond, con una sonrisa que le formaba hoyuelos—. ¡Pero cómo se va extendiendo su clientela! A los Chettams los llamaron primero, creo; y ahora, a los Casaubon.
—Sí —dijo Lydgate, con un tono de forzada admisión—. Pero la verdad es que no me gusta tanto atender a esa clase de gente como a los pobres. Los casos son más monótonos y uno tiene que pasar por más barullo y escuchar con más deferencia las tonterías.