Pero los hombres más jóvenes, que eran parientes o allegados de la familia, se inclinaban a admirarla bajo esta luz problemática, como a una muchacha que demostraba mucha sensatez y que, entre todas las oportunidades que andaban en el aire, podía resultar ser al menos un premio moderado.
De ahí que tuviera su buena ración de cumplidos y atenciones corteses.
Especialmente del señor Borthrop Trumbull, un distinguido solterón y subastador de aquellos contornos, muy versado en la venta de tierras y ganado: un personaje público, en efecto, cuyo nombre se veía en carteles ampliamente distribuidos, y que razonablemente podía compadecer a quienes no lo conocían. Era primo segundo de Peter Featherstone, y este lo había tratado con mayor amabilidad que a cualquier otro pariente, por serle útil en cuestiones de negocios; y en el programa de su propio entierro, que el viejo había dictado en persona, había sido nombrado portador. No había en el señor Borthrop Trumbull ninguna codicia odiosa, nada más que un sincero sentido de su propio mérito, el cual, según sabía, en caso de rivalidad podría obrar en contra de los competidores; de modo que si Peter Featherstone, quien, en lo que a él, Trumbull, respecta, se había portado como la mejor persona del mundo, le hubiera dejado algo generoso, todo lo que podía decir era que jamás había pescado ni adulado, sino que le había aconsejado según lo mejor de su experiencia, la cual abarcaba ya veinte años desde la época de su aprendizaje a los quince, y era probable que produjera un conocimiento de lo más genuino. Su admiración distaba mucho de circunscribirse a su persona, pues tenía la costumbre, tanto profesional como privada, de deleitarse valorando las cosas a un alto precio. Era un aficionado a las frases selectas, y nunca empleaba un lenguaje pobre sin corregirse de inmediato —lo cual era afortunado, ya que hablaba con bastante fuerza y tendía a imponerse, de