—Y que si te lanzaban proyectiles —interpuso la señora Cadwallader—, la mitad de los huevos podridos significaría odio hacia los miembros de tu comité. ¡Cielo santo! Piensa en lo que debe de ser que te apedreen por opiniones equivocadas. ¡Y creo recordar la historia de un hombre a quien fingieron pasear en silla gestatoria y lo dejaron caer a propósito en un basurero!
—Llover piedras no es nada comparado con que le encuentren a uno los trapos sucios —dijo el rector.
—Confieso que eso es a lo que yo le temería, si los curas tuviéramos que presentarnos en la tribuna electoral por un beneficio. Temería que se pusieran a contar todos mis días de pesca. Válgame Dios, creo que la verdad es el proyectil más duro con el que a uno pueden lapidar.
—El hecho es —dijo sir James—, que si un hombre se dedica a la vida pública, debe estar preparado para las consecuencias. Debe hacerse inmune a la calumnia.
“Querido Chettam, todo eso está muy bien, ya sabe —dijo el señor Brooke.
—Pero ¿cómo se hará invulnerable a la calumnia? Debería leer historia; mire el ostracismo, la persecución, el martirio y ese tipo de cosas. Siempre les ocurren a los mejores hombres, ya sabe. Pero ¿cómo es aquello de Horacio?— fiat justitia, ruat… algo o de otro modo”.
“Exacto —dijo sir James, con un poco más de vehemencia de la habitual—. Lo que entiendo por ser inmune a la calumnia es poder señalar el hecho como una contradicción”.
—Y no es martirio pagar las deudas que uno mismo ha contraído —dijo la señora Cadwallader.