de granos gratuitos para engordar el cerdo de Hiram Ford, o la de un tabernero en la «Pesas y Balanzas» que sirviera cerveza gratis, o la de una oferta por parte de los tres granjeros vecinos de subir los salarios durante el invierno. Y sin un bien claro de este tipo en sus promesas, la Reforma parecía estar al mismo nivel que la labia de los buhoneros, lo cual era un motivo de desconfianza para cualquier persona avispada. Los hombres de Frick no estaban mal alimentados, y eran menos dados al fanatismo que a una firme y musculosa sospecha; menos inclinados a creer que el cielo los cuidaba de manera especial, que a considerar al cielo mismo bastante dispuesto a timarlos—una disposición observable en el clima.
Así pues, la mente de Frick era exactamente del tipo propicio para que el señor Solomon Featherstone obrara sobre ella, pues este poseía ideas más abundantes del mismo orden, acompañadas de una suspicacia sobre el cielo y la tierra que estaba mejor alimentada y contaba con mayor tiempo libre. Solomon era en ese entonces supervisor de caminos y, a lomos de su penca de paso lento, solía hacer sus rondas por Frick para ver a los obreros extraer las piedras del lugar, deteniéndose con una deliberación misteriosa que podría haberlos llevado a creer que tenía alguna otra razón para quedarse que la mera falta de impulso para avanzar. Tras observar durante un buen rato cualquier trabajo que estuviera en curso, alzaba un poco la vista para mirar el horizonte; por último, sacudía las riendas, tocaba a su caballo con la revelía y hacía que avanzara con lentitud. La manecilla de las horas de un reloj resultaba rápida en comparación con el señor Solomon, quien tenía la agradable sensación de que podía permitirse ir despacio. Tenía la costumbre de detenerse a charlar con cautela y de forma vagamente intrigante con cada colgador de setos o zanjero que