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nydus/MiddlemarchPublic
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XLV

En el caso de un paciente más conspicuo, el señor Borthrop Trumbull, Lydgate fue consciente de haberse mostrado como algo mejor que un médico de los de todos los días, aunque también aquí la ventaja que obtuvo fue equívoca.

El elocuente subastador fue víctima de una neumonía y, habiendo sido paciente del señor Peacock, mandó llamar a Lydgate, a quien había manifestado su intención de patrocinar.

El señor Trumbull era un hombre robusto, un buen sujeto para poner a prueba la teoría expectante —observando el curso de una enfermedad interesante cuando se la deja lo más posible a su aire, de modo que sus etapas puedan ser apuntadas para futura orientación—, y por el tono con que describía sus sensaciones, Lydgate coligió que le gustaría ser tomado en la confianza de su médico y verse representado como partícipe de su propia cura.

El subastador oyó, sin demasiada sorpresa, que el suyo era un organismo que (siempre con la debida vigilancia) podía dejarse a su propio arbitrio, ofreciendo así un bello ejemplo de una enfermedad con todas sus fases claramente delineadas, y que probablemente poseía la rara fortaleza de ánimo necesaria para convertirse voluntariamente en el banco de pruebas de un procedimiento racional, haciendo de este modo que el trastorno de sus funciones pulmonares redundara en beneficio general de la sociedad.

Mr. Trumbull acquiesced at once, and entered strongly into the view that an illness of his was no ordinary occasion for medical science.

—No tema usted, señor; no le habla alguien que ignore por completo la vis medicatrix —dijo él, con su habitual superioridad de expresión, vuelta más bien patética por la dificultad para respirar. Y pasó sin amilanarse por su abstinencia de drogas, muy sostenido por la aplicación del termómetro, que sugería la importancia de su

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