De semejante contento la pobre Dorothea estaba excluida. La intensidad de su disposición religiosa, la coacción que esta ejercía sobre su vida, no era sino un aspecto de una naturaleza por completo ferviente, teórica e intelectualmente consecuente; y con una naturaleza así, luchando entre las ataduras de una enseñanza estrecha, cercada por una vida social que no parecía sino un laberinto de rumbos mezquinos, un laberinto amurallado de senderos pequeños que a ninguna parte conducían, el resultado tenía que parecerle a los demás tanto una exageración como una incoherencia.
Lo que le parecía mejor, ella quería justificarlo con el conocimiento más completo; y no vivir en una fingida aceptación de reglas que nunca se cumplían.
En esta hambre del alma se vertía todavía toda su pasión juvenil; la unión que la atraía era aquella que la libraría de su sometimiento infantil a su propia ignorancia y le daría la libertad de una sumisión voluntaria a un guía que la llevara por el más grandioso de los caminos.
“Debería entonces aprenderlo todo”, se dijo, sin dejar de caminar deprisa por el sendero de los caballos que atravesaba el bosque.
“Sería mi deber estudiar para poder ayudarle mejor en sus grandes obras. No habría nada trivial en nuestras vidas. Las cosas cotidianas para nosotros significarían las cosas más grandes. Sería como casarse con Pascal. Debería aprender a ver la verdad con la misma luz con que la han visto los grandes hombres. Y entonces sabría qué hacer, cuando fuera mayor: vería cómo es posible llevar una vida grandiosa aquí—ahora—en Inglaterra.
Ahora no me siento segura de hacer el bien de ninguna manera: todo parece como ir de misión a un pueblo cuyo idioma no conozco;—a menos que fuera construir buenas casas para los jornaleros—de eso no puede haber duda. ¡Oh, espero poder lograr que la gente esté bien alojada en Lowick! Haré montones de planos mientras tenga tiempo”.