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nydus/MiddlemarchPublic
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XXXVII

retrocedía con recelo ante la idea de tratar el tema con sir James Chettam, entre quien y él nunca había existido cordialidad alguna, y que pensaría inmediatamente en Dorothea sin necesidad de que la mencionaran.

El pobre señor Casaubon desconfiaba de los sentimientos de todos hacia él, especialmente como marido. Dejar que alguien supusiera que era celoso equivaldría a admitir la visión (sospechada) que los demás tenían de sus desventajas; dejarles saber que no encontraba el matrimonio particularmente dichoso implicaría su conversión a la (probable) desaprobación anterior de estos. Sería tan grave como dejar que Carp, y Brasenose en general, supieran cuán atrasado estaba en la organización de los materiales para su Clave de todas las mitologías.

Durante toda su vida, el señor Casaubon había intentado no admitir ni siquiera ante sí mismo las llagas internas de la autoihncredulidad y los celos. Y en el más delicado de todos los asuntos personales, el hábito de la orgullosa y recelosa reticencia se hacía doblemente patente.

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