diferencia, y de que si se hubiera quedado en casa habrían aparecido los mismos síntomas y habrían terminado de la misma manera, porque ya había sentido algo parecido antes.
Lydgate se limitó a decir: «¡Pobre, pobre querida!», pero en secreto se maravillaba ante la terrible tenacidad de aquella criatura apacible. En su interior iba gestándose una asombrada conciencia de su propia impotencia ante Rosamond. Su conocimiento superior y su fuerza mental, lejos de ser, como había imaginado, un santuario al que acudir en todas las ocasiones, eran sencillamente descartados en cada cuestión práctica. Él había considerado la inteligencia de Rosamond precisamente del tipo receptivo que convenía a una mujer. Ahora empezaba a descubrir en qué consistía aquella inteligencia, qué forma había adoptado, como una red cerrada, distante e independiente. Nadie más rápida que Rosamond para ver las causas y los efectos que se encontraban dentro de la órbita de sus propios gustos e intereses: había visto claramente la preeminencia de Lydgate en la sociedad de Middlemarch, y era capaz de seguir imaginando efectos sociales aún más agradables cuando su talento lo hubiera hecho ascender; pero para ella, su ambición profesional y científica no guardaba otra relación con esos deseables efectos que si hubieran sido el afortunado descubrimiento de un aceite de mal olor. Y prescindiendo de ese aceite, con el que no tenía nada que ver, por supuesto que ella creía en su propia opinión más que en la de él. Lydgate se quedaba atónito al comprobar, en innumerables asuntos triviales, así como en este último y grave caso de la cabalgata, que el afecto no la volvía complaciente. No le cabía duda de que el afecto estaba ahí, ni tenía el presentimiento de haber hecho nada para rechazarlo. Por su parte, se decía a sí mismo que la amaba tan tímidamente como siempre, y que podía resignarse a sus negativas; pero... ¡bueno! Lydgate estaba muy preocupado y era consciente de la presencia de nuevos elementos en su vida tan nocivos para él como una entrada de lodo para una criatura acostumbrada a respirar, bañarse y lanzarse tras su presa iluminada en las aguas más cristalinas.