servía un pequeño trago de la petaca, la roscaba y se la guardaba en el bolsillo lateral, con exasperante lentitud, haciendo una mueca a la espalda de su hijastro.
—¡Adiós, Josh... y si es para siempre! —dijo Raffles, volviendo la cabeza mientras abría la puerta.
Rigg lo vio salir de los terrenos y entrar en el sendero. El día gris se había convertido en una llovizna ligera, que refrescaba los setos y las veredas cubiertas de hierba de los caminos vecinales, y apresuraba a los jornaleros que cargaban las últimas gavillas de trigo.
Raffles, caminando con el paso inquieto de un holgazán de ciudad obligado a hacer un tramo de viaje campestre a pie, parecía tan incongruente en medio de esta húmeda quietud y laboriosidad rurales como si hubiera sido un babuino escapado de una casa de fieras.
Pero no había nadie para mirarlo fijamente, salvo los terneros ya destetados, y nadie para mostrar repugnancia por su aspecto, excepto las pequeñas ratas de agua que huían correteando a su paso.