Me da exactamente igual. Puedo hacer cinco codicilos si me da la gana, y guardaré mis billetes de banco para tener un nido de reserva. Me da exactamente igual”.
Fred se sonrojó de nuevo. Featherstone rara vez le había hecho regalos en dinero, y en ese momento le pareció casi más difícil desprenderse de la perspectiva inmediata de los billetes que de la perspectiva más lejana de las tierras.
—No soy un desagradecido, señor. Jamás fue mi intención mostrar desprecio por ninguna buena intención que pudiera tener hacia mí. Al contrario.
—Muy bien. Pues demuéstralo. Tráeme una carta de Bulstrode en la que diga que no cree que hayas estado robando y prometa pagar tus deudas con cargo a mis tierras, y entonces, si te has metido en algún apuro, ya veremos si no puedo echarte una mano. ¡Venga! Trato hecho. Toma, dame el brazo. Intentaré dar una vuelta por la habitación.
Fred, a pesar de su irritación, tenía la bondad suficiente para compadecerse un poco del anciano malquerido y poco respetado, quien, con sus piernas hidrópicas, parecía más digno de lástima de lo habitual al caminar.
Mientras le ofrecía el brazo, pensó que a él mismo no le gustaría ser un viejo con la salud quebrantada; y esperó de buen humor, primero ante la ventana para escuchar los comentarios de siempre sobre las gallinas de Guinea y la veleta, y luego frente a los escasos anaqueles, cuyas glorias principales en becerro oscuro eran Josefo, Culpepper, el Mesías de Klopstock y varios volúmenes del Gentleman’s Magazine.
—Léeme los nombres de los libros. ¡Vamos