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nydus/MiddlemarchPublic
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XVIII

El viejo señor Powderell contemplaba la escena, triste y silencioso. El señor Plymdale se acomodó la corbata, con inquietud.

“No esperará que pongamos a Farebrother como modelo de lo que debe ser un clérigo”, dijo el señor Larcher, el conocido transportista, que acababa de entrar.

“No le tengo mala voluntad, pero creo que le debemos algo al público, por no hablar de cosas más elevadas, en estos nombramientos. En mi opinión, Farebrother es demasiado laxo para ser clérigo. No deseo sacarle los colores con detalles; pero es de los que hacen que su mínima presencia aquí cunda todo lo posible”.

“Y muchísimo mejor que demasiado”, dijo el señor Hawley, cuyo lenguaje soez era notorio en aquella parte del condado. “Los enfermos no pueden soportar tanta oración y sermón. Y esa religión de tipo metodista es mala para el ánimo⁠—mala para las entrañas, ¿eh?”, añadió, volviéndose rápidamente hacia los cuatro médicos que estaban reunidos.

Pero cualquier respuesta quedó dispensada por la entrada de tres caballeros, con los que hubo saludos más o menos cordiales. Estos eran el reverendo Edward Thesiger, rector de St. Peter’s, el señor Bulstrode y nuestro amigo el señor Brooke de Tipton, quien hacía poco se había dejado incluir en la junta directiva a su vez, pero que jamás había asistido antes, debiéndose su presencia actual a los empeños del señor Bulstrode. Lydgate era la única persona que aún se esperaba.

Todos se sentaron entonces, presididos por el señor Bulstrode, pálido y con su habitual dominio de sí mismo. El señor Thesiger, un evangélico moderado, deseaba el nombramiento de su amigo el señor Tyke, un hombre entusiasta y capaz que, oficiando en una capilla auxiliar, no tenía una cura de almas demasiado extensa como para no dejarle tiempo amplio para el nuevo deber.

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