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nydus/MiddlemarchPublic
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XLVI

Y algunas excentricidades de Will, más o menos poéticas, parecían respaldar al señor Keck, el director del Trumpet, al afirmar que Ladislaw, a decir verdad, no solo era un emisario polaco, sino un demente, lo cual explicaba la rapidez antinatural y la locuacidad de su discurso cuando subía a una tribuna —como lo hacía siempre que tenía la oportunidad—, hablando con una facilidad que dejaba mal parados a los ingleses sólidos en general. A Keck le disgustaba ver a un mocoso, con rizos claros alrededor de la cabeza, levantarse y parlotear durante horas en contra de instituciones «que ya existían cuando él estaba en la cuna». Y en un artículo de fondo del Trumpet, Keck tachó el discurso de Ladislaw en una reunión a favor de la Reforma como «la violencia de un energúmeno: un esfuerzo mísero por ocultar bajo el brillo de fuegos artificiales la audacia de declaraciones irresponsables y la pobreza de un conocimiento de la especie más barata y reciente».

—Ese artículo de ayer fue estrepitoso, Keck —dijo el doctor Sprague con intenciones sarcásticas—. Pero ¿qué es un energúmeno?

—Oh, un término que surgió en la Revolución Francesa —dijo Keck.

Este peligroso aspecto de Ladislaw contrastaba extrañamente con otras costumbres que empezaron a llamar la atención. Sentía debilidad, mitad artística, mitad cariñosa, por los niños pequeños: cuanto más pequeños fuesen, con tal de que se sostuvieran sobre sus propias piernas y llevaran ropas más graciosas, más le gustaba a Will sorprenderlos y complacerlos.

Sabemos que en Roma le daba por deambular entre la gente pobre, y esa afición no lo abandonó en Middlemarch.

De algún modo se había hecho seguir por una tropa de niños cómicos, rapaces sin sombrero con los calzones muy gastados y escasas camisas que colgaran por fuera, niñas pequeñas que se apartaban el pelo de los ojos para mirarlo, y hermanos guardianes a la madura edad de siete años.

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