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nydus/MiddlemarchPublic
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II. El yelmo de Mambrino

“Dime; no ves aquel caballero que hacia nosotros viene sobre un caballo rucio rodado que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?” “Lo que veo y columbro,” respondio Sancho, “no es sino un hombre sobre un as no pardo como el mio, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.” “Pues ese es el yelmo de Mambrino,” dijo Don Quijote.

—¿Sir Humphry Davy? —dijo el señor Brooke, con la sopa de por medio, de su modo afable y sonriente, retomando la observación de Sir James Chettam de que estaba estudiando la Química agrícola de Davy—. Bien, pues Sir Humphry Davy; cené con él hace años en casa de Cartwright, y Wordsworth también estaba allí; el poeta Wordsworth, ya sabe. Pues bien, eso tuvo algo de singular. Yo estaba en Cambridge cuando Wordsworth andaba por allí, y nunca llegué a conocerlo, y cené con él veinte años después en casa de Cartwright. Las cosas tienen su intríngulis, ¿no cree? Pero Davy estaba allí: él también era poeta. O, por así decirlo, Wordsworth era el poeta uno, y Davy era el poeta dos. Eso era cierto en todos los sentidos, ya ve.

Dorothea se sintió un poco más inquieta de lo habitual. Al principio de la cena, al ser el grupo reducido y la sala silenciosa, aquellas minúsculas partículas procedentes de la mente de un magistrado caían con demasiada evidencia. Se preguntó cómo un hombre como el señor Casaubon soportaría semejante trivialidad. Sus modales, pensaba ella, eran muy dignos; la disposición de su cabello gris acero y sus hondas órbitas oculares lo hacían parecerse al retrato de Locke.

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