penetrado en esa región sutil, se propaga a sí mismo, extendiéndose desproporcionadamente en relación con sus medios externos. Era un principio del señor Bulstrode adquirir tanto poder como fuera posible, para poder usarlo para la gloria de Dios. Atravesaba una gran cantidad de conflictos espirituales y discusiones internas para ajustar sus motivos y dejar en claro ante sí mismo lo que la gloria de Dios requería.
Pero, como hemos visto, sus motivos no siempre fueron justamente apreciados. Había en Middlemarch muchas mentes groseras cuyas balanzas reflexivas solo sabían pesar las cosas en bloque; y abrigaban la firme sospecha de que, puesto que el señor Bulstrode no podía disfrutar de la vida a su manera, comiendo y bebiendo tan poco como lo hacía, y mortificándose por todo, debía de darse una especie de banquete de vampiro en el sentido de la dominación.
El tema de la capellanía salió a relucir en la mesa del señor Vincy cuando Lydgate cenaba allí, y el parentesco con el señor Bulstrode no impidió, según observó este último, cierta libertad de comentarios ni siquiera por parte del propio anfitrión, aunque sus objeciones al arreglo propuesto se basaban enteramente en su reparo hacia los sermones del señor Tyke, que eran pura doctrina, y en su preferencia por el señor Farebrother, cuyos sermones estaban libres de esa mancha.
Al señor Vincy no le desagradaba la idea de que el capellán tuviera un sueldo, siempre y cuando se le diera a Farebrother, que era un buenazo como no había otro, el mejor predicador de la redondela y además muy amigable.
—¿Qué partido va a tomar usted, entonces? —dijo el señor Chichely, el juez de instrucción, gran compañero de carreras del señor Vincy.
“Oh, me alegro infinito de no ser uno de los directores ahora. Votaré por remitir el asunto a los directores y a la junta médica conjuntamente. Voy