1.er Gent. ¿Cómo catalogas a tu hombre?: ¿como al mejor de todos, o bien, pareciéndolo, peor bajo tal capa? ¿Como santo o bribón, peregrino o hipócrita? 2.º Gent. No, dime más bien cómo catalogas tu riqueza de libros, los restos arrastrados por la marea de todos los tiempos. Podrías también ordenarlos de golpe por su tamaño y librea: pergamino, ediciones de gran formato y la becerra común difícilmente cubrirán mayor diversidad que todas tus etiquetas hábilmente ideadas para clasificar a tus autores no leídos.
Como consecuencia de lo que le había oído a Fred, el señor Vincy decidió hablar con el señor Bulstrode en su despacho privado del banco a la una y media, hora en la que solía estar libre de otras visitas.
Pero a la una había entrado un visitante, y el señor Bulstrode tenía tantas cosas que decirle que había pocas probabilidades de que la entrevista terminara en media hora. El discurso del banquero era fluido, pero también prolijo, y consumía una cantidad considerable de tiempo en breves pausas meditativas.
No se imagine que su aspecto enfermizo era del tipo cetrino y de pelo negro: tenía una piel rubia y pálida, pelo castaño claro entreverado de gris, ojos gris claro y una frente amplia.
Los hombres ruidosos llamaban a su tono apagado un murmullo, y a veces daban a entender que era incompatible con la franqueza; aunque no parece haber ninguna razón por la cual un hombre ruidoso no deba ser propenso a ocultar cualquier cosa excepto su propia voz, a menos que pueda demostrarse que las Sagradas Escrituras han situado la sede de la sinceridad en los pulmones.