derechos por encima de todo lo que yo he hecho por él. Si muero—y él aguarda aquí al acecho de eso—, la persuadirá para que se case con él. Eso sería una calamidad para ella y un triunfo para él. Ella no lo consideraría una calamidad: él le haría creer cualquier cosa; ella tiene una tendencia al apego desmedido por cuya falta de correspondencia interiormente me reprocha, y su mente ya está ocupada en sus fortunas. Él piensa en una fácil conquista y en instalarse en mi nido. ¡Eso lo voy a impedir! Un matrimonio así sería fatal para Dorothea. ¿Ha persistido él alguna vez en algo que no fuera por mera contradicción? En el saber siempre ha tratado de aparentar a bajo costo. En religión ha sabido ser, mientras le convino, el eco complaciente de los devaneos de Dorothea. ¿Cuándo estuvo el diletantismo disociado de la laxitud? Desconfié profundamente de su moral, y es mi deber impedir por todos los medios el cumplimiento de sus designios».
Los arreglos hechos por el señor Casaubon en su matrimonio le dejaban abiertas medidas drásticas, pero al meditar en ellas su mente se detuvo inevitablemente tanto en las probabilidades de su propia vida que el anhelo de obtener el cálculo más aproximado posible había vencido al fin su altiva reserva, y lo había determinado a pedir la opinión de Lydgate en cuanto a la naturaleza de su enfermedad.
Él le había mencionado a Dorothea que Lydgate vendría por cita a las tres y media y, en respuesta a su ansiosa pregunta de si se había sentido mal, le replicó: «No, simplemente deseo tener su opinión acerca de algunos síntomas habituales. No necesitas verle, querida. Daré órdenes de que sea conducido al Paseo de los Tejos, donde estaré tomando mi ejercicio habitual».
Cuando Lydgate entró en el Paseo de los Tejos, vio a Mr. Casaubon alejarse lentamente con las manos a la espalda, según su costumbre, y la cabeza inclinada hacia adelante.