Dorothea en su tocador, donde solía ocuparse con algunos de sus libros favoritos. Había un pequeño montón de ellos sobre la mesa del ventanal: de diversa índole, desde Heródoto, que estaba aprendiendo a leer con el señor Casaubon, hasta su viejo compañero Pascal, y el Año cristiano de Keble. Pero hoy abrió uno tras otro y no pudo leer ninguno. Todo parecía sombrío: los presagios antes del nacimiento de Ciro; las antigüedades judías —¡válame Dios!—; los epigramas devotos; el sagrado repique de los himnos favoritos; todos por igual resultaban tan desabridos como melodías tocadas sobre madera: hasta las flores primaverales y la hierba tenían un escalofrío apagado bajo las nubes vespertinas que ocultaban el sol intermitentemente; hasta los pensamientos sustentadores que se habían vuelto hábitos parecían encerrar el hastío de los largos días futuros en los que aún viviría teniéndolos a ellos por únicos compañeros. Era otra clase de compañía, o más bien una más plena, la que la pobre Dorothea anhelaba con hambre, y esa hambre había crecido debido al perpetuo esfuerzo que exigía su vida conyugal. Siempre intentaba ser lo que su esposo deseaba, y nunca era capaz de descansar en el deleite de él por lo que ella era. Lo que a ella le gustaba, lo que le importaba espontáneamente tener, parecía estar siempre excluido de su vida; porque si solo le era concedido y su esposo no lo compartía, bien habría podido negársele. Acerca de Will Ladislaw había habido una diferencia entre ellos desde el principio, y esta había terminado —dado que el señor Casaubon había rechazado con tanta severidad el fuerte sentimiento de Dorothea respecto a los derechos de aquel sobre los bienes familiares— en que ella estaba convencida de que tenía razón y su esposo no, pero de que se hallaba desvalida. Aquella tarde la indefensión era más agobiantemente entumecedora que nunca: ansiaba objetos que pudieran serle queridos, y a quienes ella pudiera ser querida. Ansiaba un trabajo que fuera directamente benéfico como la luz del sol y la lluvia, y ahora parecía que iba a vivir cada vez más en una tumba virtual, donde existía el aparato de una labor espantosa que producía algo que jamás vería la luz. Hoy se había parado en la puerta de
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