“Tus corceles del Sol —dijo—, ¡y el gran Apolo al potro! A que, por mucho y tanijo, los dejo atrás de un troto”.
Fred Vincy, como hemos visto, tenía una deuda en la cabeza, y aunque ninguna carga inmaterial de esa índole podía deprimir a aquel joven de espíritu alegre durante muchas horas seguidas, había circunstancias relacionadas con esta deuda que hacían que el pensamiento de ella fuera inusualmente importuno.
El acreedor era el señor Bambridge, un comerciante de caballos de la vecindad cuya compañía era muy buscada en Middlemarch por los jóvenes a los que se consideraba «dados a los placeres».
Durante las vacaciones, Fred había necesitado naturalmente más diversiones de las que podía pagar al contado, y el señor Bambridge había tenido la gentileza no solo de fiarle el alquiler de los caballos y el gasto imprevisto de arruinar a un excelente cazador, sino también de hacerle un pequeño adelanto con el que pudiera hacer frente a algunas pérdidas al billar.
La deuda total ascendía a ciento sesenta libras. Bambridge no albergaba ningún temor por su dinero, pues estaba seguro de que el joven Vincy tenía avalistas, pero había exigido algo que lo respaldara, y Fred había entregado primero un pagaré con su propia firma. Tres meses después había renovado ese pagaré con la firma de Caleb Garth.
En ambas ocasiones, Fred se había sentido seguro de poder hacer frente a la letra él mismo, ya que disponía de amplios fondos gracias a su propio optimismo. Difícilmente exigiréis que su confianza tuviera una base en hechos externos; esa confianza, bien lo sabemos, es algo menos tosca y