Apenas ocho inviernos contaban cuando un nombre brotó en sus almas y agitó en ellas tales soplos como estremecen los brotes y forman su estructura oculta ante la penetración del aire vivificante:
Su nombre, el de aquel que habló del fiel Evan Dhu, del pintoresco Bradwardine y de Vich Ian Vor, haciendo que el pequeño mundo que conoció su infancia se agrandara con una tierra de lagos montañosos y riscos,
y aún más grande de asombro, amor y fe hacia Walter Scott, quien viviendo lejos les envió esta riqueza de gozo y noble dolor.
El libro y ellos deben separarse, mas día a día, en renglones que corrían cruzados como arañas fornidas, escribieron el cuento, desde Tully Veolan.
La tarde en que Fred Vincy se dirigió a pie a la vicaría de Lowick (había empezado a comprender que este era un mundo en el que hasta un joven enérgico debe a veces caminar por falta de un caballo que lo lleve), partió a las cinco y pasó a ver a la señora Garth por el camino, deseoso de cerciorarse de que ella aceptaba con buen grado las nuevas relaciones entre ambos.
Encontró al grupo familiar, perros y gatos incluidos, bajo el gran manzano del huerto. Era un día de fiesta para la señora Garth, pues su hijo mayor, Christy, su orgullo y alegría particulares, había vuelto a casa por unas breves vacaciones: Christy, que consideraba lo más deseable del mundo ser tutor, estudiar todas las literaturas y ser un Porson