desdichado. ¡Esto era lo que un hombre obtenía por adorar la imagen de una mujer! El sacristán observó con sorpresa que el señor Ladislaw no se unía a la entonación del himno Hanover, y pensó que tal vez estaría resfriado.
El señor Casaubon no predicó aquella mañana, y la situación de Will no experimentó ningún cambio hasta que se hubo pronunciado la bendición y todo el mundo se puso de pie. Era costumbre en Lowick que «los superiores» salieran primero.
Con la súbita determinación de romper el hechizo que lo encadenaba, Will miró fijamente al señor Casaubon. Pero los ojos de aquel caballero estaban puestos en el picaporte de la puerta del banco, que abrió, permitiendo pasar a Dorothea y siguiéndola de inmediato sin levantar los párpados.
La mirada de Will se había cruzado con la de Dorothea al salir ella del banco, y de nuevo ella inclinó la cabeza, pero esta vez con una expresión de agitación, como si estuviera reprimiendo las lágrimas. Will salió tras ellos, pero se dirigieron hacia la puertecita que comunicaba el cementerio de la iglesia con el arboredo, sin volverse jamás.