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nydus/MiddlemarchPublic
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XL

El señor Farebrother salió de la casa poco después y, al ver a Mary en el huerto con Letty, se acercó a despedirse de ella. Formaban un cuadro hermoso a la luz del poniente, que realzaba el brillo de las manzanas en las viejas ramas de escasas hojas: Mary, con su vestido de guINGAm color lavanda y cintas negras, sosteniendo una cesta, mientras Letty, con su gastado nankín, recogía las manzanas caídas. Si queréis saber con más detalle qué aspecto tenía Mary, hay diez probabilidades contra una de que mañana veáis un rostro como el suyo en una calle concurrida, si estáis allí al acecho: ella no estará entre aquellas hijas de Sión que son altivas, que caminan con el cuello estirado y ojos lascivos, dando pasitos cortos al andar; dejadlas pasar a todas y fijaos en alguna persona pequeña, regordeta y morenita, de postura firme pero tranquila, que mira a su alrededor sin suponer que nadie la está mirando. Si tiene el rostro ancho y la frente cuadrada, cejas bien marcadas y cabello oscuro y rizado, cierta expresión de diversión en la mirada de la que su boca guarda el secreto, y por lo demás unos rasgos completamente insignificantes⁠—tomad a esa persona corriente pero no desagradable como retrato de Mary Garth. Si la hicierais sonreír, os mostraría unos dientes pequeños y perfectos; si la hicierais enojar, no elevaría la voz, pero probablemente diría una de las cosas más amargas cuyo sabor hayáis probado jamás; si le hicierais un favor, nunca lo olvidaría. Mary admiraba al apuesto vicario de rostro agudo y ropas gastadas pero bien cepilladas más que a ningún otro hombre al que hubiera tenido la oportunidad de conocer. Jamás le había oído decir una tontería, aunque sabía que cometía actos imprudentes; y tal vez las tonterías le resultaban más censurables que cualquiera de las imprudencias del señor Farebrother.

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