Desde la llegada inicial de las señoritas a Tipton, ella ya había planeado el matrimonio de Dorothea con Sir James, y de haberse llevado a cabo, habría estado convencida de que fue obra suya; que no se consumara tras haberlo previsto le causaba una irritación con la que cualquier persona pensante simpatizará. Era la diplomática de Tipton y Freshitt, y que algo sucediera a pesar de ella constituía una irregularidad ofensiva. En cuanto a caprichos como este de la señorita Brooke, la señora Cadwallader les perdía la paciencia, y ahora comprendía que su opinión sobre esta muchacha se había visto contaminada por cierta débil benevolencia de su marido: esas ocurrencias metodistas, ese aire de ser más religiosa que el rector y el vicario juntos, provenían de una enfermedad más profunda y constitucional de lo que había estado dispuesta a creer.
“Sin embargo —dijo la señora Cadwallader, primero para sus adentros y después a su marido—, yo la desecho: existía la posibilidad, de haberse casado con sir James, de que se convirtiera en una mujer cuerda y sensata. Él jamás la habría contrariado, y cuando a una mujer no se la contraria, no tiene motivos para obstinarse en sus absurdos. Pero ahora le deseo que disfrute de su cilicio”.
De ello se seguía que la señora Cadwallader debía decidir otro partido para sir James, y una vez que se hubo metido en la cabeza que había de ser la menor de las señoritas Brooke, no cabía un movimiento más hábil para el éxito de su plan que su insinuación al baronet de que había causado impresión en el corazón de Celia.
Pues él no era de aquellos caballeros que languidecen tras la inalcanzable manzana de Safo que sonríe desde la rama más alta—los encantos que
“Sonríe como el nudo de primulas en el acantilado, Inalcanzable para la mano deseosa.”