sacado algo de ello, o Scott, claro —Scott podría haberlo desarrollado—. Pero en realidad, cuando me puse a pensar en ello, no pude evitar que me agradara que el tipo tuviera un trozo de liebre para dar las gracias. Todo es cuestión de prejuicios —prejuicios con la ley de su parte, ya sabes—, acerca de la vara y las polainas, y todo eso. Sin embargo, no sirve de nada razonar sobre las cosas; y la ley es la ley. Pero hice que Johnson se callara y pasé el asunto por alto. Dudo que Chettam no hubiera sido más severo, y aun así me recrimina como si yo fuera el hombre más duro del condado. Pero aquí estamos en casa de Dagley.
Mr. Brooke se apeó en la puerta de un corral, y Dorothea siguió adelante.
Es maravilloso cuán mucho más feas parecen las cosas cuando tan solo sospechamos que se nos culpa por ellas. Hasta nuestra propia figura en el espejo suele cambiar de aspecto para nosotros después de haber escuchado algún comentario franco sobre nuestros puntos menos admirables; y, por otra parte, es asombroso lo plácidamente que la conciencia acepta nuestras usurpaciones sobre aquellos que nunca se quejan o que no tienen a nadie que se queje por ellos.
La granja de Dagley jamás le había parecido tan lúgubre a Mr. Brooke como hoy, con el ánimo tan irritado por las recriminaciones del Trumpet, secundadas por Sir James.
Es verdad que un observador, bajo esa influencia suavizadora de las bellas artes que hace que las desgracias ajenas resulten pintorescas, podría haberse sentido encantado con esta granja llamada Freeman’s End: la vieja casa tenía buhardillas en el tejado de rojo oscuro, dos de las chimeneas estaban ahogadas por la hiedra, el amplio porche se hallaba obstruido por haces de ramas y la mitad de las ventanas estaban cerradas con contraventanas grises y carcomidas sobre las que las ramas de jazmín crecían en salvaje lozanía; el muro derruido del jardín, con las malvarrosas asomando por encima, era un estudio perfecto de colores apagados y