Pues no puede habitar odio en tus ojos, por lo tanto en ellos no puedo conocer tu cambio: en las miradas de muchos la historia del falso corazón está escrita en estados de ánimo, ceños y extrañas arrugas: pero el Cielo decretó en tu creación que en tu rostro el dulce amor siempre habitara: sean cuales fueren tus pensamientos o los trabajos de tu corazón, tus ojos no debían revelar de allí sino dulzura.
Por el tiempo en que el señor Vincy expresó aquel presentimiento sobre Rosamond, ella misma jamás había tenido la idea de que se vería empujada a hacer el tipo de ruego que él prevenía.
Todavía no había sentido ninguna inquietud por los medios de subsistencia, aunque su vida doméstica había sido tan costosa como movida.
Su bebé había nacido prematuramente, y todas las batas y gorritos bordados tuvieron que guardarse en la oscuridad.
Esta desgracia se achacó enteramente a que ella había insistido en salir a caballo un día en que su esposo le había pedido que no lo hiciera; pero no debe suponerse que hubiera mostrado mal carácter en aquella ocasión, ni que le hubiera dicho groseramente que haría lo que le viniera en gana.
Lo que la indujo en particular a desear montar a caballo fue la visita del capitán Lydgate, el tercer hijo del baronet, quien, siento decirlo, era detestado por nuestro Tertius del mismo nombre como un petimetre insulso «que se partía la raya del pelo desde la frente hasta la nuca de un