encontraba en su camino, y se mostraba especialmente dispuesto a escuchar incluso noticias que ya había oído antes, sintiéndose en ventaja sobre todos los narradores al descreer parcialmente de ellos. Un día, sin embargo, entabló un diálogo con Hiram Ford, un carretero, en el que él mismo aportó información. Quiso saber si Hiram había visto a unos tipos con bastones e instrumentos curioseando por allí: se hacían llamar gente del ferrocarril, pero no había forma de saber quiénes eran ni qué pretendían hacer. Lo mínimo que pregonaban era que iban a hacer añicos la parroquia de Lowick.
—Vaya, no habrá quien se mueva de un lu-ugar a otro —dijo Hiram, pensando en su carro y sus caballos.
—Ni pizca —dijo el señor Solomon—. ¡Y destrozar una tierra tan fina como la parroquia! Que se vayan a Tipton, digo yo. Pero no hay quien sepa lo que hay en el fondo de todo esto. Tráfico es lo que ponen por delante; pero a la larga es para hacerle daño a la tierra y al pobre.
—Pues hombre, deben de ser muchachos de Lunnon, supongo —dijo Hiram, que tenía una vaga idea de Londres como un centro de hostilidad hacia el campo.
“Vaya, sin duda. Y en algunas partes contra los de Brassing, por lo que he oído decir, la gente se les vino encima cuando estaban espiando, y les rompieron los visores esos que llevan, y los espantaron, de modo que aprendieron a no volver”.
—Bien bueno estaría, a que sí —dijo Hiram, cuya diversión se veía muy limitada por las circunstancias.
—Bueno, yo no me metería con ellos —dijo Solomon—. Pero algunos dicen que este país ya ha visto sus mejores días, y la señal es que está invadido por estos tipos que van pisoteando a diestra y siniestra, y