cuello y los brazos de Rosamond difícilmente podían parecer excesivas cuando no había dinero en efectivo que pudieran rebasar. Pero en esta crisis la imaginación de Lydgate no pudo evitar detenerse en la posibilidad de devolver las amatistas al inventario del señor Dover, aunque le repugnaba la idea de proponérselo a Rosamond. Habiendo despertado a la percepción de unas consecuencias que nunca había tenido la costumbre de rastrear, se disponía a actuar basándose en esa percepción con algo del rigor (de ningún modo todo) que habría aplicado al realizar un experimento. Se estaba armando de valor para adoptar este rigor mientras cabalgaba desde Brassing y meditaba sobre las explicaciones que debía darle a Rosamond.
Era de noche cuando llegó a casa. Era intensamente desgraciado, este hombre fuerte de veintinueve años y de muchos talentos. No se decía con ira a sí mismo que había cometido un error profundo; pero el error actuaba en él como una enfermedad crónica reconocida, mezclando sus apremios inquietos con cada perspectiva y debilitando cada pensamiento. Mientras avanzaba por el pasillo hacia el salón, oyó el piano y un canto. Por supuesto, Ladislaw estaba allí. Había pasado ya algunas semanas desde que Will se había separado de Dorothea, pero seguía en su viejo puesto en Middlemarch. A Lydgate no le importaba en general que Ladislaw viniera, pero justo ahora le molestaba no encontrar su hogar libre. Cuando abrió la puerta, los dos cantantes prosiguieron hacia la tónica, alzando los ojos y mirándolo a él en efecto, pero sin considerar su entrada como una interrupción. Para un hombre rozado por los arneses como el pobre Lydgate, no es reconfortante ver a dos personas gorjeándome, mientras entra con la sensación de que el día doloroso aún le reserva