—Volví a echar un vistazo buscando a Sarah, aunque no te lo dije; tenía la conciencia intranquila respecto a esa hermosa joven joven. No la encontré, pero averigüé el nombre de su marido y lo anoté. Pero, ¡rayos!, perdí la cartera. Sin embargo, si lo oyera, lo reconocería de nuevo. Conservo mis facultades como si estuviera en mi plenitud, ¡pero los nombres se borran, por Júpiter! A veces no valgo más que un maldito impreso de impuestos antes de que rellenen los nombres. En fin, si llego a saber algo de ella y de su familia, te enterarás, Nick. Te gustaría hacer algo por ella, ahora que es tu hijastra.
—Sin duda —dijo el señor Bulstrode, con la habitual mirada firme de sus ojos gris claro—; aunque eso podría reducir mi capacidad de ayudarle.
Al salir de la habitación, Raffles le guiñó un ojo lentamente a sus espaldas y luego se volvió hacia la ventana para ver al banquero alejarse a caballo —prácticamente bajo sus órdenes—. Sus labios primero se curvaron en una sonrisa y luego se abrieron en una breve y triunfante risa.
—Pero ¿cuóles diablos eran el nombre y apellido? —dijo al cabo, en voz semialta, rascándose la cabeza y arrugando horizontalmente las cejas. En realidad, no le había importado ni se había preocupado por aquel detalle olvidado hasta que se le ocurrió al inventarle molestias a Bulstrode.
—Empezaba por L; eran casi puras eles, me parece —continuó, con la sensación de que estaba logrando retener el escurridizo nombre.
Pero el asidero era demasiado débil, y pronto se cansó de aquella persecución mental; pues pocos hombres había más impacientes ante la ocupación solitaria o más necesitados de hacerse oír continuamente que el señor Raffles. Prefería emplear su tiempo en una agradable conversación con el administrador y el ama de llaves, de quienes obtuvo todo cuanto deseaba saber sobre la posición del señor Bulstrode en Middlemarch.