—¿Entonces está usted completamente segura de que el señor Lydgate siente un serio apego por usted?
Las mejillas de Rosamond ardían ya persistentemente y se sentía muy mortificada. Prefirió guardar silencio, y su tía se marchó aún más convencida.
Mr. Bulstrode, en los asuntos mundanos e indiferentes, solía hacer lo que su esposa le ordenaba, y ella ahora, sin revelar sus motivos, le pidió que en la próxima oportunidad averiguara conversando con el señor Lydgate si tenía alguna intención de casarse pronto.
El resultado fue una negativa rotunda. Mr. Bulstrode, al ser interrogado minuciosamente, demostró que Lydgate había hablado como jamás lo haría un hombre que tuviera algún compromiso capaz de desembocar en matrimonio.
Mrs. Bulstrode sintió entonces que tenía un grave deber ante sí, y pronto se arregló para concertar un tête-à-tête con Lydgate, en el cual pasó de las preguntas sobre la salud de Fred Vincy, y las expresiones de su sincera preocupación por la numerosa familia de su hermano, a consideraciones generales sobre los peligros que acechaban a los jóvenes en lo que respecta a su asentamiento en la vida.
- Los jóvenes solían ser descarriados y decepcionantes, y correspondían muy poco al dinero gastado en ellos, mientras que una muchacha se veía expuesta a muchas circunstancias que podían perjudicar su porvenir.
—Especialmente cuando tiene grandes atractivos y sus padres reciben a mucha compañía —dijo la señora Bulstrode—. Los caballeros le prestan atención y la acaparan para ellos solos, por el mero placer del momento, y eso aleja a los demás. Pienso que es una gran responsabilidad, Míster Lydgate, interferir en las perspectivas de cualquier muchacha.