Mientras tanto, los muebles del salón de la señora Larcher le bastaban.
Cuando Will Ladislaw había entrado, un segundo guardafuego, del que se decía que se había olvidado en su lugar adecuado, reclamó de repente el entusiasmo del subastador, que lo distribuyó según el principio equitativo de alabar más aquellas cosas que más necesitaban alabanza.
El guardafuego era de acero pulido, con mucho calado en forma de ojiva y un borde afilado.
—Ahora, señoras —dijo—, voy a apelar a ustedes. He aquí una mampara que en cualquier otra subasta apenas se ofrecería sin reserva, al tratarse, por decirlo así, por su calidad de acero y lo caprichoso de su diseño, de una clase de artículo —aquí el señor Trumbull bajó la voz y se volvió ligeramente nasal, perfilando los contornos con el dedo izquierdo— que tal vez no se ajuste a los gustos corrientes. Permítanme decirles que dentro de poco este estilo de labor será el único en boga —¿media corona, dijo? gracias—, se va por media corona, esta característica mampara; y tengo información de buena fuente de que el estilo antiguo es muy solicitado en las altas esferas. Tres chelines, tres y seis —¡sostenla bien en alto, José! Miren, señoras, la pureza del diseño—; ¡no me cabe la menor duda de que fue fabricada en el siglo pasado! ¿Cuatro chelines, señor Mawmsey? Cuatro chelines.
—No es una cosa que pondría yo en mi salón —dijo la señora Mawmsey, de manera audible, para advertencia del imprudente marido—. Me extraña la señora Larcher. A cualquier bendita criatura que se le fuera la cabeza contra aquello se la partiría en dos. El filo es como un cuchillo.
—Muy cierto —replicó el señor Trumbull con rapidez—, y extraordinariamente útil tener a mano un guardafuegos que corta, por si