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nydus/MiddlemarchPublic
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Capítulo XLII

Aquí el señor Casaubon hizo una pausa, retiró una mano de su espalda y la introdujo entre los botones de su levita abotonada al pecho.

Para una mente bien instruida en el destino humano, difícilmente habría nada más interesante que el conflicto interno implícito en su discurso formal y medido, pronunciado con la cantinela y el movimiento de cabeza habituales.

¿Acaso hay muchas situaciones más sublimemente trágicas que la lucha del alma ante la exigencia de renunciar a una obra que ha sido todo el sentido de su vida —un sentido que ha de desvanecerse como las aguas que van y vienen donde nadie las necesita?

Pero en el señor Casaubon no había nada que a los ojos de los demás resultara sublime, y Lydgate, que sentía un cierto desdén a flor de piel por la erudición fútil, sintió que un poco de diversión se mezclaba con su compasión. Por entonces estaba demasiado poco familiarizado con el desastre para adentrarse en el patetismo de un destino en el que todo está por debajo del nivel de la tragedia, salvo el apasionado egoísmo de quien la sufre.

—¿Se refiere usted a los posibles obstáculos debidos a la falta de salud? —dijo, deseando facilitar el propósito del señor Casaubon, que parecía estorbarse por alguna vacilación.

—Sí. Usted no me ha insinuado que los síntomas que —estoy obligado a testificar— observó con escrupuloso cuidado fueran los de una enfermedad mortal. Pero aun siendo así, señor Lydgate, desearía saber la verdad sin reservas, y le ruego una exposición exacta de sus conclusiones: se lo pido como un servicio amistoso. Si puede decirme que mi vida no se halla amenazada por otra cosa que por los azares ordinarios, me regocijaré por motivos que ya le he indicado. De lo contrario, el conocimiento de la verdad es aún más importante para mí.

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