Celia estaba presente mientras se examinaban los planos, y observó la ilusión de Sir James.
«Él cree que a Dodo le importa él, y a ella solo le importan sus planes. Sin embargo, no estoy segura de que lo rechazaría si pensara que él la dejaría manejarlo todo y llevar a cabo todas sus ideas. ¡Y qué incómodo sería Sir James! No soporto las ideas».
Era un lujo privado de Celia entregarse a esta aversión. No se atrevía a confesárselo a su hermana de forma directa, pues eso la expondría a que le demostrasen que de un modo u otro estaba en guerra con toda la bondad.
Pero en las ocasiones propicias, tenía un método indirecto de hacer que su sabiduría negativa pesara sobre Dorothea, y de hacerla bajar de su estado de ánimo rapsódico recordándole que la gente estaba mirando, no escuchando.
Celia no era impulsiva: lo que tenía que decir podía esperar, y le brotaba siempre con la misma y tranquila monotonía entrecortada. Cuando la gente hablaba con energía y énfasis, ella se limitaba a observar sus rostros y facciones. Nunca lograba comprender cómo las personas bien educadas consentían en cantar y abrir la boca de la manera ridícula que requiere tal ejercicio vocal.
No pasaron muchos días antes de que el señor Casaubon hiciera una visita matutina, en la cual fue invitado nuevamente para la semana siguiente a cenar y pasar la noche. Así, Dorothea tuvo tres conversaciones más con él, y quedó convencida de que sus primeras impresiones habían sido acertadas. Era todo lo que al