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nydus/MiddlemarchPublic
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XI

Aquella mesa solía seguir cubierta con los restos del desayuno familiar mucho después de que el señor Vincy se hubiera marchado con su segundo hijo al almacén, y cuando la señorita Morgan ya iba muy avanzada en las lecciones matutinas con las niñas menores en la sala de estudio.

Aguardaba al rezagado de la familia, a quien cualquier tipo de inconveniente (para los demás) le resultaba menos desagradable que levantarse cuando lo llamaban. Tal era el caso una mañana del mes de octubre en que recientemente hemos visto al señor Casaubon visitando The Grange; y aunque la habitación estaba un poco recalentada por el fuego, que había hecho huir al spaniel, jadeante, a un rincón apartado, Rosamond, por alguna razón, siguió sentada ante su bordado más tiempo del habitual, sacudiéndose levemente de vez en cuando y colocando la labor sobre sus rodillas para contemplarla con un aire de vacilante hastío.

Su mamá, que había regresado de una incursión por la cocina, estaba sentada al otro lado de la pequeña mesa de costura con un aire de mayor placidez, hasta que, el reloj volvió a advertir que iba a dar la hora, apartó la vista del zurcido de encaje que ocupaba sus rechonchos dedos y tocó el timbre.

“Vuelva a llamar a la puerta del señor Fred, Pritchard, y dígale que ya han dado las diez y media”.

Esto fue dicho sin ningún cambio en la radiante y apacible alegría del rostro de la señora Vincy, en el cual cuarenta y cinco años no habían grabado ni ángulos ni paralelas; y apartando hacia atrás las cintas rosas de su cofia, dejó reposar su labor en su regazo mientras contemplaba con admiración a su hija.

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