Sabio era en su labor diaria: A los frutos de la constancia, Y no a credos ni a política, Dedicaba su mayor sentido.
Estos perfectos en sus pequeñas partes, Cuyo trabajo es todo su premio— Sin ellos, ¿cómo las leyes, o las artes, O las ciudades torres podrían alzarse?
Al observar los efectos, aunque solo sea de una pila eléctrica, a menudo es necesario cambiar de lugar y examinar una mezcla o grupo particulares a cierta distancia del punto donde se inició el movimiento que nos interesa.
El grupo hacia el que me dirijo se encuentra en la mesa de desayunos de Caleb Garth, en el gran salón donde estaban los mapas y el escritorio: padre, madre y cinco de los niños. Mary estaba en ese momento en casa esperando un puesto, mientras que Christy, el muchacho que le seguía, recibía instrucción y manutención económicas en Escocia, pues, para desilusión de su padre, le había dado por los libros en vez de por esa sagrada vocación llamada «negocios».
Las cartas habían llegado—nueve cartas costosas, por las que se le habían pagado tres chelines y dos peniques al cartero, y el señor Garth se olvidaba de su té y su tostada mientras leía las cartas y las iba abriendo una sobre otra, a veces moviendo lentamente la cabeza, a veces apretando los labios en un debate interno, pero sin olvidarse de recortar un gran sello rojo intacto, que Letty arrebató como un terrier ansioso.
La conversación entre los demás continuaba sin restricciones, pues nada interrumpía el embeleso de Caleb salvo cuando sacudía la mesa al escribir.