El hecho era que Will se había vuelto más susceptible al observar que el señor Brooke, en vez de desear, como antes, que fuera a The Grange más a menudo de lo que le convenía a él mismo, parecía ahora ingeniárselas para que fuera allí lo menos posible.
Esta era una concesión vacilante del señor Brooke ante la indignada protesta de sir James Chettam; y Will, atento a la más mínima indirecta en este sentido, concluyó que lo querían alejado de The Grange por culpa de Dorothea.
¿Sus amigos, por lo tanto, lo miraban con cierta sospecha? Sus temores eran de todo punto superfluos: se equivocaban de medio a medio si imaginaban que iba a postularse como un aventurero necesitado que intenta ganarse el favor de una mujer rica.
Hasta ahora Will nunca había visto del todo el abismo que se abría entre él y Dorothea—hasta ahora que había llegado al borde mismo y la veía al otro lado. Empezó, no sin cierta rabia interior, a pensar en marcharse de la vecindad: le sería imposible mostrar ningún interés adicional por Dorothea sin someterse a imputaciones desagradables—tal vez incluso en la mente de ella, que otros podrían intentar envenenar.
—Estamos irremediablemente separados —dijo Will—. Tanto daría que estuviera en Roma; no estaría más lejos de mí. Pero lo que llamamos nuestra desesperación suele ser tan solo el doloroso afán de una esperanza desatendida. Sobraban los motivos para que no se marchara; motivos públicos por los cuales no debía abandonar su puesto en aquella crisis, dejando a Mr. Brooke en la estacada cuando este necesitaba que lo «adiestraran» para las elecciones, y cuando había tanto proselitismo, directo e indirecto, por realizar. A Will no le gustaba abandonar sus propias piezas en plena partida, y cualquier candidato del bando correcto, aun si su cerebro y su médula