pudiesen tener mejor derecho. Venía a Inglaterra para probar fortuna, como se veían obligados a hacer tantos otros jóvenes cuyo único capital residía en su cerebro. Su amigo Naumann le había pedido que se encargara de La disputa —el cuadro pintado para el señor Casaubon—, con cuyo permiso, y el de la señora Casaubon, Will lo llevaría a Lowick en persona. Una carta dirigida a la Poste Restante de París en el plazo de quince días le impediría, si fuera necesario, llegar en un momento inoportuno. Adjuntaba una carta para la señora Casaubon en la que continuaba una discusión sobre el arte iniciada con ella en Roma.
Al abrir su propia carta, Dorothea vio que era una animada continuación de su amonestación sobre su simpatía fanática y su falta de un deleite neutral y robusto por las cosas tal como eran; un derroche de su juvenil vivacidad que era imposible de leer en ese momento.
Inmediatamente tuvo que pensar en qué hacer con la otra carta: tal vez aún estaba a tiempo de evitar que Will viniera a Lowick. Dorothea terminó por entregarle la carta a su tío, que todavía estaba en la casa, y le suplicó que le hiciera saber a Will que el señor Casaubon había estado enfermo y que su salud no le permitía recibir visitas.
Nadie más dispuesto que el señor Brooke para escribir una carta: su única dificultad era escribir una breve, y sus ideas en este caso se extendieron a lo largo de las tres grandes páginas y los dobleces interiores. Le había dicho simplemente a Dorothea—
“Desde luego que escribiré, querida. Es un joven muy inteligente —este joven Ladislaw—, me atrevo a decir que llegará a ser un hombre de futuro. Es una buena carta; demuestra el concepto que tiene de las cosas, ¿sabes? En fin, ya le hablaré de Casaubon”.
Pero el extremo de la pluma del señor Brooke era un órgano pensante que elaboraba frases, especialmente de índole benévola, antes de que el resto de su mente alcanzara a pillarlas. Expresaba pesares y proponía