dejó en el aire si prefería sus ventajas morales a una longitud de extremidades más viciosa y a una elegancia de pantalón reprobable.
En el gran salón de paneles de madera también había constantemente pares de ojos al acecho, y parientes propios ávidos de hacer de «veladores». Muchos venían, almorzaban y se marchaban, pero el hermano Salomón y la dama que había sido Jane Featherstone durante veindi cinco años antes de ser la señora Waule consideraban conveniente estar allí todos los días durante horas, sin otra ocupación calculable que la de observar a la astuta Mary Garth (que era tan taimada que no se la podía pillar en nada) y dar ocasionales indicios secos y arrugados de llanto —como si fueran capaces de torrentes en una estación más húmeda— ante la idea de que no se les permitía entrar en la habitación del señor Featherstone.
Pues la aversión del viejo hacia su propia familia parecía hacerse más fuerte a medida que era menos capaz de divertirse diciéndoles cosas mordaces. Demasiado lánguido para aguijonear, tenía más veneno de reflujo en la sangre.